Elogio de la infelicidad

En la cultura occidental, con fuerte tendencia individualista, la búsqueda de la felicidad se entiende como un derecho, y como el resultado del éxito personal en dominios relevantes y su público reconocimiento. En la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos (1776) se afirma explícitamente que los hombres han sido creados con ciertos derechos inalienables, y entre ellos están la vida, la libertad y la “consecución de la felicidad” (“the pursuit of happiness”). En esta cultura insaciable en la materialización de sus deseos, mientras más se logra más se quiere; por esta razón, el incremento del nivel de renta no presupone siempre una mayor felicidad, ya que la mayoría de los individuos tiende a comparar, de manera compulsiva, su personal bienestar económico con el de aquellos que aún le superan, en un inacabable proceso de superación.
Como en este blog ya se ha escrito, si el bienestar subjetivo (una integración personal del triple bienestar físico, mental y social incluído en la definición de la salud) es una evaluación cognitiva de la vida que un cuerpo humano está viviendo, la felicidad sería la contrapartida emocional de este juicio, cuando es globalmente positivo, en un ámbito sociocultural específico.
En este contexto, ¿cuál es el mensaje que el filósofo Emilio Lledó nos envía en su espléndido ensayo titulado, con estudiada provocación, “Elogio de la infelicidad”? (Lledó, Emilio, “Elogio de la infelicidad”, Cuatro, ediciones, Valladolid, 2005). ¿Es posible alcanzar la felicidad (siempre un estado transitorio) en un mundo abruptamente dividido entre la riqueza y la pobreza y entre la violencia del poder y la sumisión de los cuerpos?
Hace años, excavando en el inacabable tesoro arqueológico de las palabras y de las ideas contenidas la literatura griega, Emilio Lledó descubrió secuencias históricas en la percepción que los griegos tuvieron de la felicidad (eudaimonía). En un principio, la felicidad sería un “tener” (casa, alimentos, vestidos, ánforas, tierras, esclavos), un “bientener”, y el “bienestar” se alcanzaría por la ausencia de angustia y preocupación que el “bientener” procura.
Más tarde, en una progresiva abstracción, el “bienestar” derivado de la posesión de las cosas materiales que daban seguridad a la vida, se percibiría como un sentirse emocionalmente bien, en un estado de equilibrio y sosiego interior, en un “bienser” , transformado en “felicidad”.
Este sentimiento de equilibrio y sosiego interior, esta felicidad, está continuamente amenazada por “la consciencia de la miseria, la violencia y la crueldad creciente, que desde los griegos, ha experimentado la humanidad... a no ser (continúa Lledó) que esa corrupción haya alcanzado nuestra mente, y el ansia de tener, sobre todo en la sociedad de consumo, haya insensibilizado nuestra mirada”.
Pero la infelicidad que viene de fuera (del mundo que vive en la pobreza extrema, el hambre, la enfermedad y la violencia) se compagina mal con la deseada felicidad personal. Aquí está la clave del provocativo título (“Elogio de la infelicidad”) del libro de Emilio Lledó: esa inevitable infelicidad que nos rodea, a no demasiada distancia de nuestra pretendida felicidad, debe ser estímulo y acicate hacia esas otras metas que llenan el horizonte ideal en el que se conforta y orienta la vida, porque una felicidad personal es imposible si no tiende, de alguna forma, a la compasión y a la felicidad de los demás.
Es muy probable que la verdadera felicidad, síntesis positiva de los estados de salud y bienestar que un cuerpo humano (consciente de su progresivo deterioro biológico y de su caducidad) ha vivido o está viviendo, sólo pueda ser el resultado de un lúcido equilibrio entre la realidad y el deseo, fruto de un proyecto vital en el que se busque la correspondencia entre la armonía del cuerpo y el espacio histórico concreto donde éste se desarrolla y alienta.
(Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana. Editorial Triacastela, Madrid, 2006).


3 Comments:
Está claro que avanzamos por la vida en una contínua búsqueda de la felicidad, y es curioso observar como la felicidad de uno sería la infelicidad más absoluta para otro. El frágil equilibrio de la felicidad humana lo establece cada individuo. Éste, creo yo, nunca se cansa de querer ser más feliz. Pero intuyo que las personas más felices son aquellas que se conforman con lo que tienen, desde una perspectiva optimista de la vida, sabiendo podrían ser más felices, pero aceptando objetivamente que podrían ser mucho más desgraciados.
Estoy totalmente de acuerdo con Ana. Como decía mi abuela, no hay peor enfermedad que la envidia. Además, ¿qué sentido tiene envidiar las posesiones materiales del vecino? Vivir mirándonos continuamente en el espejo del próximo es agotador, y consume la vida de uno sin aportar nada positivo. Lo importante es ser feliz con el corazón, no con el bolsillo.
La felicidad unida a las posesiones es tan antigua como la especie humana, es como si el sentido de la propiedad estuviese inscrito en nuetro genoma, por otro lado, que la acumulación proporcione la felicidad es más que discutible aunque, obviamente, se es menos infeliz teniendo que no teniendo. La precariedad, la necesidad de que cada día es un empezar de nuevo, como sucede en las zonas más pobres de África, la imposibilidad de tener razonablemente cubiertas las necesidades básicas, ancla a las personas en el presente, en hoy (mañana queda en otra vida), e impide cualquier tipo de planificación, de desarrollo personal, de equilibrio entre las necesidades individuales y las colectivas. En definitiva: se puede ser infeliz en ambos mundos, aunque se sobrelleva mejor si no nos atormentan el hambre, el frío, la sed y las enfermedades.
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